La invención de la oficina
La oficina improvisada
En la segunda parte de nuestra serie Office.Info relativa a la invención de la oficina, Hajo Eickhoff describe el despacho y la cancillería del Renacimiento.
Tarea y configuración de la nueva oficina
El Renacimiento fue una época de apertura y transición. En esa época, el ser humano desarrolló conceptos de trabajo que requieren una expresión espacial afín con lo que se entiende hoy en día como una oficina.
Las funciones básicas de la oficina del Renacimiento son escribir, calcular y balancear. Al igual que en el scriptorium monacal, las herramientas siguen siendo la pluma y el tintero, el papel, la goma de borrar y el color, aunque ahora se incorporan también el ábaco, la balanza y el lacre para sellos.
Pero ¿qué es lo que caracteriza intrínsecamente a la oficina? La oficina reúne, congrega. No porque congregue personas, sino porque reúne en su interior un ámbito de trabajo muy particular. La oficina renacentista es una habitación informal e improvisada, en el camino hacia una forma espacial específica que siglos después se convertirá en una institución social de carácter central, la oficina moderna.
Apertura hacia el mundo moderno
El Renacimiento es una época de descubrimientos e invenciones. Y siendo todo apertura y transición, también el ser humano y la oficina se encuentran en plena apertura y transición, viviendo la innovación y la improvisación. La persona adquiere un nuevo sentimiento vital, renueva su pensamiento, su conducta y sus creencias, en busca de nuevas formas espaciales adecuadas para una forma de vida transformada.
A fines de la Edad Media, los burgueses van ganando influencia política; llevan las formas de vida de los monjes y la producción e intelectualidad del convento hacia el mundo exterior. Someten la vida social a una radical crítica y declaran inválido todo lo que no se sostenga con los nuevos ideales. Pero si bien lo antiguo ya no tiene vigencia y los valores del futuro todavía no están consolidados, lo nuevo atemoriza. Y al mismo tiempo, lo nuevo motiva y permite que los seres humanos se vuelquen hacia nuevas orillas.
Renacimiento significa "volver a nacer", e implica revivir las antiguas culturas. Partiendo de Italia, se difunde en el siglo XIV como un individualismo intelectual y artístico, y se plasma en magníficas creaciones en los terrenos de las artes plásticas, la literatura, las ciencias naturales y la filosofía. Filósofos, monjes, artistas y científicos como Galileo Galilei, Erasmo de Rotterdam, Martín Lutero, Michel Montaigne y Nicolás Maquiavelo se van apartando de las ideas de las autoridades clericales y terrenales, y confían en la propia experiencia y en la razón. Como también el ingeniero, filósofo y artista Leonardo da Vinci, quien ya no extrae la verdad de la Biblia, sino de la experiencia, la "madre de todo el saber".
La ciudad, sede del cambio
El cambio se refleja en la ciudad. La disposición a la apertura de los burgueses impulsa la creatividad y amplía las necesidades que llevan a refinar las herramientas, revolucionar la tecnología, mejorar la educación y accionar el comercio. Estos cambios incrementan el tráfico epistolar y hacen crecer el trabajo administrativo, legal y gubernativo. Se deben celebrar contratos, liquidar prestaciones y archivar documentos, entonces surgen oficios como el de empleado bancario, mientras que los juristas, maestros contadores y tenedores de libros viven una alta coyuntura. Hombre y espacio se convierten en seres autónomos durante el Renacimiento, y se desplegarán a lo largo de los siguientes siglos.
La improvisación del individuo y el espacio
En el Renacimiento, el burgués toma en serio al ser humano como sustancia propia. Como individuo que ve su realización en el procurar sus propios intereses, y que se reconoce como creador del mundo que lo circunda, como Homo faber, el cual logra con gran maestría su propia vida, consciente y gracias a la razón. Dios ya no es más el centro de la existencia ciudadana, sino uno más de varios puntos de referencia. El individuo burgués desarrolla su mundo profesional ciudadano.
En el Renacimiento, el burgués asume el espacio como una sustancia en serio, como un patrimonio espacial, pues individuo, herramienta, tecnología, educación y comercio van de la mano para constituir una nueva imagen del hombre, trabajo y espacio. El burgués se ve empujado a desarrollar formas espaciales a la medida de las nuevas profesiones, formas espaciales capaces de alojarle a él y a sus profesiones. Por consiguiente, los primeros espacios fueron improvisaciones para su actividad y para ejercer su poder.
Comercio exterior, capitalismo incipiente y bancos
La forma económica del capitalismo incipiente deroga al feudalismo medieval, el cual se apoyaba en la tierra y el deber. Por el contrario, el capitalismo se apoya en la propiedad privada de los medios de producción, en las leyes del mercado y en la libertad contractual del empresario y el activo. El capitalismo se apoya en dos ideas con motivación religiosa: el principio ascético de los conventos, "reza y trabaja", y las enseñanzas del reformador Juan Calvino. Calvino parte de la base de que la austeridad, el empeño y el trabajo duro conducen al éxito económico, que por su parte constituye un signo de la predestinación, de la gracia divina. Esto, conjuntamente con las formas de trabajo racionales de los monjes (análisis de situación, planificación y trabajo ordenado) le apareja a los burgueses de Europa múltiples riquezas materiales y culturales, pues la divisa de los empresarios del Renacimiento es, con Calvino: "no consumir, sino invertir".
La nueva forma económica necesita bancos, pues las empresas deben realizar inversiones cada vez más cuantiosas, que ya no pueden solventar ni los individuos, ni las comunidades. Así, en las ciudades prósperas se crean los primeros bancos, cuyas familias adquieren enorme influencia política, como los Fúcares de Augsburgo, los Médicis en Florencia y los Rothshild en Fráncfort. Al mismo tiempo, el creciente comercio exterior y la vasta producción de mercancías están sometidos a múltiples riesgos, con lo cual crece la demanda de seguros que, por su parte, incrementan el tráfico de papeles con los bancos y demandan así ordenamientos espaciales inteligentes, como se pueden ver en el despacho y en la cancillería.
Despacho y cancillería
El despacho nace cuando el comercio se convierte en economía de dinero. Es el espacio de trabajo desestructurado e improvisado del comerciante. El trabajo en el despacho incluye la teneduría de libros (confrontación numérica de procesos comerciales), el desarrollo del tráfico epistolar, el cálculo y cómputo de nuevos proyectos. Los despachos también eran espacios de almacenamiento, en los cuales se controlaban mercancías y se pesaban monedas, para determinar la proporción y calidad de los metales nobles contenidos en las mismas.
Los primeros espacios son lugares de representación de prosperidad ciudadana. Espacios informales, pues administrar, ordenar y organizar tenían lugar entre puerta y quicio: en la iglesia, en el mercado, al aire libre. El concepto de despacho caracterizó a la Liga Hanseática, cuyas sucursales se llamaron también "puesto" u "oficina", y desde 1400 "Kontor". Etimológicamente, "Kontor" deriva del francés comptoire, que a su vez proviene de la palabra latina computare, "contar" o "calcular", por lo cual los maestros contadores del Renacimiento también se llamaron computadores. El cálculo se vuelve cada vez más importante, pues el comercio implica poder contar bien, a menudo reducido a sumar y restar. Se calcula con el ábaco, proveniente de China, donde todavía hoy está en uso. En el Renacimiento fue sustituido por la mesa de cálculos con líneas, más adelante por el cálculo con cifras y sistema decimal proveniente de la India.
La cancillería es un espacio de trabajo desestructurado e improvisado para juristas y funcionarios. Una administración de regentes y de ciudades. Ya en el Imperio Romano se conocía la cancillería, que desde el siglo IV se convierte en curia apostólica. Para sus cancillerías, los reyes francos escogieron un canciller que dirigiese la administración. La cancillería denomina en primer lugar una institución y no un lugar, como es el caso del despacho, que se angosta desde el patio a través del salón hacia la casa, hasta que en la época barroca se convierte en una típica habitación para el trabajo de oficina.
La invención de los muebles de oficina
Las oficinas se muestran ya desde el inicio como puntos de cruce de tensiones sociales, científicas, tecnológicas y económicas. Un ambiente de improvisación, que pronto se convierte en lugar de una postura determinada, estar sentado.
En la Edad Media, en el scriptorium, los monjes están de pie, al igual que en el Renacimiento los comerciantes en sus despachos y los juristas en sus cancillerías. Pero en el curso del Renacimiento, de a poco van incorporándose mesas y sillas al confort de los prósperos despachos y cancillerías. Con su difusión se afirma la postura disciplinada, que exige mesa y silla. En el mismo contexto que se balancea, pesa y calcula, a partir del ábaco transportable se va desarrollando la mesa del despacho. La mesa fija no existía hasta entonces ni en las casas particulares ni en los ambientes de trabajo; es un invento del Renacimiento para las nuevas profesiones.
También la silla es un invento del Renacimiento, pues hasta ese entonces los únicos objetos similares a una silla son los tronos. Ya fueran regios asientos para monarcas, o bien asientos sagrados como el sillón del obispo o las sillas del coro de la iglesia. Con la creciente prominencia de la clase burguesa, los burgueses empiezan a detentar el derecho de imitar la posición de los poderosos sentados, y el asiento anteriormente sacralizado se va transformando en un artilugio cotidiano, la silla profesional; y así, el estar sentado se va introduciendo en el mundo profesional.
De este modo, quienes trabajan en despachos y cancillerías aún no tienen el espacio en común apropiado, pero la mesa y la silla ya configuran un lugar, un puesto central, que por su estructura es apropiado (ya sea como mesa y silla, o como lugar para sentarse) para ejercer las actividades de ordenar, balancear y administrar. El ejercicio de la capacidad de poder trabajar tranquilo y concentrado en ese lugar delimitado, es una lucha del cuerpo de los empleados en el despacho o en la cancillería, un procedimiento de disciplinamiento sostenido, prolongado y siempre evitando retrocesos, proceso éste que aún hoy no ha concluido. Mesa y silla conforman el lugar alrededor del cual se despliega la vida de la oficina moderna.
Hajo Eickhoff




